Gerard Duelo Ferrer

Tengo 70 años. Soy un “joven adulto”, experimentado, enérgico y con 7 vidas. Ahora estoy viviendo la sexta y me acerco a la séptima. Reivindico que la edad, mientras conserves la salud, es una cuestión energética y emotiva. ¿Dificultades? Mi madre me tuvo con 43 años, por lo que fui un parto “de alto riesgo”. A los 20 años me ganaba la vida en Londres mientras estudiaba; a los 30 años me quedé viudo, a los 40 tuve dos graves accidentes, a los 55 le gané la partida a un cáncer muy malo; y a los 60 perdí millones con la crisis económica. ¿Ante qué o quién debo rendirme? Las evidencias están a mi favor: ahora tengo lo que necesito, necesito menos horas para dormir, como menos, pierdo menos el tiempo y sé amar mejor. Me he casado tres veces, tengo dos hijas y comparto otros tres con mi esposa, que son como mis hijos. Llegan los nietos.

¿Mi vida?
Mi padre era de Barcelona y mi madre de Berga. Él trabajó toda la vida en FECSA como perito eléctrico y murió cuando yo tenía seis años; ella era modista y regentó una mercería en el barrio de Gracia, uno de los primeros establecimientos que diseñaban vestiditos para niños tras la Guerra Civil. Soy pues un niño de la post guerra.
En mi infancia pasé de niño travieso a adolescente problemático, razón por la que estuve internado siete años en el Don Bosco de Sarrià, de donde salí Maestro Industrial y un avezado jugador de ajedrez. Pronto me fui a Londres a ganarme la vida, a aprender inglés y a estudiar marketing, a la vez que proseguía mis estudios de Peritaje Industrial. A la vuelta empecé mis propios negocios, tuve éxito, pero al enviudar joven dejé todo y me incorporé como directivo en una empresa de alta fidelidad, luego en un holding internacional de distribución de consumo y finalmente como CEO en una importante multinacional inglesa de alimentación que cotiza en la bolsa de Londres, y en la que permanecí 12 años al frente de miles de empleados.Establecí de nuevo mi propia empresa como broker asesor en compra venta de pimes. Tuve éxito de nuevo y a los 8 años un banco me la compró, continuando como broker asesor en inversiones inmobiliarias.

He sido conferenciante, profesor en varias escuelas de negocio (IESE, EADA, EAE, y Universidad Salamanca), miembro del grupo Harvard del IESE y fundador y presidente de la Asociación de Empresarios españoles en Panamá. También fundé un partido político en Pallejà (Barcelona), hace más de 25 años, que a día de hoy todavía tiene representación en el Ayuntamiento.

He dedicado, pues, mi vida a los negocios, ocupando puestos en la dirección general de tres empresas multinacionales y explotando mi faceta como emprendedor en mis propios proyectos empresariales. Ser alto directivo significa trabajar 14 horas al día. Este frenesí empresarial ha tenido un alto coste personal. Me apasiona todo lo que hago, pero la erótica del dinero, del poder y el ego pueden llegar a secuestrar a aquellos que padecemos el “síndrome del éxito”. Me faltaba tiempo para escribir, mi verdadera vocación.

No me asusta nada. Si otro lo ha hecho, ¿por qué yo no?, me pregunto. Ese exceso de seguridad en mí mismo, sumado a la pasión y a una energía natural que tengo desde pequeño, y que todavía conservo, me ha llevado a conseguir cosas para las que otras personas, posiblemente más capaces que yo, se autodescartan. La ingenuidad me ha llevado a conseguir la mayoría de las metas que me he propuesto en mi vida. El atrevimiento es un elemento común entre todos aquellos que consiguen superar sus límites.

Tras publicar numerosos libros de distinta índole, comerciales, de ensayo y poesía, en 2010 publicó mi primera novela, “El Mal de sus Carencias” (Editorial IBUKU). Ahora, tras viajar tres meses por Australia y dos años de trabajo, presento “Convictos”, un retrato a través de las peripecias vitales de una serie de personajes que muestra la transformación de Australia como colonia británica, desde ser considerada por la corona un lugar remoto e ideal para deshacerse de su numerosa población reclusa, hasta ser reconocida como un territorio con el potencial de convertirse en el país que es hoy. Resumido en una frase, Convictos es “una historia del poder de los fuertes sobre los débiles en la que, con sufrimiento, abnegación, ambición y amor, miles de presidiarios fundaron una gran nación”.

Hoy me siento mejor escritor. He pasado años estudiando en academias este oficio. No tengo sensación de retiro, sino de inicio a una nueva vida. Mi sentimiento de responsabilidad social a través de los muchos cargos institucionales que hoy ostento acabará en unos pocos años, momento en el que la escritura se adueñará por completo de mi tiempo. Esa es mi esperanza y verdadera vocación.

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